¿Oyes o escuchas? Porque no es lo mismo...

Elvis escucha un disco, ¿será un blues de John Lee Hooker?
Al joven del tupé le encantaba la música negra
cuando
todavía nadie había oído hablar de él.




Nos gustan las palabras largas. Nos creemos que dan pedigrí a nuestro texto. Pero no, se lo quitan: resultan pesadas y nada elegantes. Manejamos como si nada influenciar, intencionalidad o climatología en lugar de sus versiones más cortas y ligeras: influir, intención, clima. 

El nombre que recibe ese alargamiento innecesario de los términos se llama sesquipedalismo Curioso, ¿verdad? Un nombre largo y raro para denunciar el hábito de alargar con palabros. Claro que la palabra abreviatura no solo tiene cinco sílabas, o sea, es muy larga, sino que además carece de abreviatura. Paradojas de la lengua…

La culpa de la existencia de esas palabras casi interminables la tienen, como siempre, los políticos, mediocres oradores que alargan los términos para ganar tiempo antes de responder a las insidiosas preguntas de los periodistas. Y nosotros los imitamos. 

Así, en un afán de sentirnos importantes, usamos términos largos aunque no expresen exactamente lo que queremos decir. Y preferimos escuchar a oír, pues este último verbo se nos queda corto, insuficiente. Sin embargo, y muy a mi pesar, yo oigo a mi vecino Manu cuando toca los bongos africanos después de comer, pero por nada del mundo se me ocurre escucharlo. Y lo mismo sucede con ver y mirar. Puedo mirar el cristal de mi ventana pero no verlo, porque mi adorada Ángeles acaba de dejarlo como los chorros del oro. Mirar y escuchar depende de nosotros ya que le ponemos intención, pero ver y oír no. 

También afirmamos vuelvo a repetir o vuelvo a insistir, cuando lo correcto sería vuelvo a decir o, sencillamente, insisto. Pero estos breves enunciados parecen quedarse cortos ante el tamaño de nuestra insistencia.

Sugiero: no seamos como los políticos y escuchemos cuando nos hablan. Seguro que oímos algo interesante.
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Lo que tiene en la cabeza la Bardot en esta foto no es peluca, sino su propia melena.
Y no son panties, sino medias, lo único que lleva puesto.
¿Y esa peluda piel a su lado? No parece sintética, sino de animal...

«Sino», además de un sustantivo equivalente a «destino»,  es una conjunción que unas veces lleva coma delante y otras no. Como el propio sino, su relación con este signo de puntuación es un tanto caprichosa. O al menos eso puede parecer a simple vista…


Pero no, para cualquier avezado observador no sería difícil descubrir esa lógica interna que parece no existir –pero que sí existe– entre uno y otro. Veamos…

No es marrón, sino castaño, el pelo de mi amigo.
No lleva biquini, sino bañador de flores tropicales.
No es sino por ti por quien robé aquella valiosísima joya.
No grita sino cuando se enfada.
Nos tiene fritos: no  hace sino cantar día y noche con su ukelele.

En los dos primeros casos, «sino» tiene un carácter adversativo. Es decir, que expresa oposición entre dos términos. El resto de los enunciados no enfrenta dos posibilidades, más bien hace alguna salvedad. Estos «sino» equivalen a «solo», «excepto», «otra cosa que»... Como ves, al utilizar la conjunción «sino»  la oración resulta algo más rebuscada y, para mi gusto, con una innecesaria abundancia de «no». Porque podríamos haber escrito perfectamente:

Solo por ti robé aquella valiosísima joya.
No grita excepto cuando se enfada.
Nos tiene fritos: no  hace otra cosa que cantar día y noche con su ukelele.

Pues bien, en las oraciones adversativas hace falta la coma; en las otras no.

Personalmente creo que no es necesario ponerla en ningún caso. No genera confusión ni resulta extravagante escribir:

No es marrón sino castaño el pelo de mi amigo.
No lleva biquini sino bañador de flores tropicales.

Pero claro, esto de eliminar esa coma preadversativa no es sino mi opinión… ¿Qué piensas tú?

 
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Scarlett O’Hara a Dios pone por testigo de que nunca más
volverá a confundir
«aire» y «viento»






Exclamamos sin pudor «¡qué aire hace hoy!» y al emitir nuestra queja damos patadas al diccionario. Lo hacemos sin querer, lo sé, pero ese enunciado es una redundancia.


Porque aire es lo que respiramos a diario, esa capa gaseosa que rodea la tierra, en la que vuelan abejorros, aviones, briznas de polvo y partículas de un elemento impasible: el argón. La cualidad que define a este gas es que no reacciona: puedes hacerle de todo, que no se modifica. Como el diccionario, que recibe patadas y patadas y ahí sigue tan pancho… O sea, que el aire no despeina, como no despeina escuchar una palabra ni acercarse a un cristal esmerilado.


Pero el viento es otra cosa. El viento es el aire en movimiento, es una corriente de aire, flemáticos argones incluidos en ese caos desaforado. El viento arremete, agita las melenas, arranca árboles, tumba muros, hincha velas, provoca oleaje.


O sea, que aire y viento no son lo mismo. Y para que no te olvides, ahí va un truco cacofónico: 


                                    Aire, siempre hay. Pero el viento viene y va
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