Scarlett O’Hara a Dios pone por testigo de que nunca más
volverá a confundir
«aire» y «viento»






Exclamamos sin pudor «¡qué aire hace hoy!» y al emitir nuestra queja damos patadas al diccionario. Lo hacemos sin querer, lo sé, pero ese enunciado es una redundancia.


Porque aire es lo que respiramos a diario, esa capa gaseosa que rodea la tierra, en la que vuelan abejorros, aviones, briznas de polvo y partículas de un elemento impasible: el argón. La cualidad que define a este gas es que no reacciona: puedes hacerle de todo, que no se modifica. Como el diccionario, que recibe patadas y patadas y ahí sigue tan pancho… O sea, que el aire no despeina, como no despeina escuchar una palabra ni acercarse a un cristal esmerilado.


Pero el viento es otra cosa. El viento es el aire en movimiento, es una corriente de aire, flemáticos argones incluidos en ese caos desaforado. El viento arremete, agita las melenas, arranca árboles, tumba muros, hincha velas, provoca oleaje.


O sea, que aire y viento no son lo mismo. Y para que no te olvides, ahí va un truco cacofónico: 


                                    Aire, siempre hay. Pero el viento viene y va
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Pues a mí me gusta «almóndiga»…

¿«Almóndigas», «albóndigas»...? He ahí el dilema.

Sí, me gusta «almóndiga» . No solo porque el DRAE la recoge como término español sino también porque la asocio con otra palabra de origen árabe, que me encanta: «Almohada».


Ese «alm» en común, que es casi como un alma compartida, me hace pensar en placeres domésticos, mullidos y lentos: una buena ración de almóndigas seguidas de una reconfortante siesta entre almohadas.

Es cierto que en mi casa me enseñaron a decir «albóndiga» porque «lo otro» resultaba vulgar. Y eso es lo que hago: emitir «albóndiga» en restaurantes, casas de amigos y barras de bar. Ay, pero en la intimidad peco, y uso la palabra prohibida. Y entonces no tengo reparos en susurrar: «Cariño, ¿te apetecen unas almóndigas?».
 

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EL TAMAÑO SÍ IMPORTA



¿Has visto qué pequeño es el coche de James Bond?
Y eso que es James Bond… 

El tamaño sí importa, por lo menos cuando hablamos de textos profesionales. Lo largo no se lee. Porque cansa, porque impacienta, porque no interesa lo suficiente. Por tanto, escribas lo que escribas:

-     No desarrolles tus ideas más allá de lo que ocupa un pantallazo: nadie se va a molestar en seguir leyendo lo que dices… salvo que tengas una vida sexual envidiable, licencia para matar y conduzcas un Aston Martin. 

Ve al grano desde la primera línea: cuenta al principio lo que tengas que contar y luego arguméntalo o desarróllalo rápidamente. No hace falta más.

-     No lo cuentes todo, solo lo verdaderamente importante o útil para tu lector.

-     Si por algún mandato divino debes escribir un texto largo, por lo menos redacta párrafos cortos. Cada idea, un párrafo que no ocupe más de 20 líneas (es lo que recomienda el filólogo Daniel Cassany).

-     Y si has de escribir párrafos largos porque el futuro de la Humanidad depende de ello, hazlo. Pero rellénalo con oraciones cortas, de esas que como mucho tienen una o ninguna oración subordinada.

Es decir, cuando escribas piensa siempre en tu lector: no le des la chapa, o acabará cogiéndote manía.
 
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